viernes, 6 de mayo de 2011

... para la Princesa del Mediterráneo


  ¿Por qué? Dime por qué, el porqué. ¿De qué? De que me suceda esto que lamentablemente me acontece. ¿Qué es esto que me acontece, que me tiene afligido? La distancia, física en este caso, la misma que nos separa de nuestros bien intencionados fines de uno para con el otro cuando en un mismo contexto espacio temporal. ¿Por qué a mí? Idiota pregunta sea ésta, tal ve'.
  Cuando hablábamos, cuando hablamos -sea por el medio que sea- puedo ser yo, sentirme real sin migajas de pose (más allá que no padezco de esto sino en el trabajo o mejor dicho, cuando me golpea la espalda la burocracia), sin tener que adaptarme al otro para que éste me entienda y, por consiguiente, pase un ameno rato conmigo. No. En cambio, contigo me sucede que soy fidedigno íntegramente, ¡y es genial, porque muere una utopía joven! De veras que me pega, ya que caigo en cuenta -y me aterroriza percatarme de esto- que tiendo a mimetizarme con los modos de muchas de las personas con las que trato a diario, casi todo el tiempo; cualquiera sea momento, cualquiera sea el lugar. Contigo, inquiero, no me sucede; ¿sabes por qué? ¡Porque eres como yo! Eres mi extensión enclave, a un charco de distancia, el cual caprichoso parece ser que busca que me vea a mí mismo desgarrado y derrotado ante una envestida de anhelo propio, fabricada en tus labios. Anhelo de tus palabras, de tu cadencia foránea, del sonido de tu sonrisa, de los ojos que nunca realmente me han mirado. De la mano que me ha escrito alguna ve'. Eres la razón por la que aún hay marea en el Mediterráneo, ¿me explico? A veces sientes a tu ser tan solo...
  Ahora, voy a poner a reproducir a Benjamin Biolay, ya que su música me sabe muy nocturnal, y me inspira, me encuentra, y con la misma, me encuentro. Ya está sonando. Ahhhhh, ¡si tan sólo pudiera explicarte en un manojo de palabras elocuentes el excelso placer incompleto que vivencio en este preciso momento al escuchar "Negatif"! De veras que soy puro regodeo, insisto, incompleto. Dicho lo anterior, no puedo evitar ilustrarnos: Estamos caminando de noche, lejos de aquí pero muy cerca de allá, irónicamente teniendo pesadillas despiertos con la realidad. Ambos vestimos chaquetas color... radiante, y zapatillas con nudos desatados. Verde, verde es el color de nuestras zapatillas (¡viva la yuxtaposición!). En pocas palabras: En la escena que imagino somos una fábrica de envidia en y para los demás, y con "los demás" me refiero a todo el puto mundo.
Debo decirte también que más allá de que te di a entender que me siento embelecido al saberte muy semejante a mí, eso dista muchísimo de un manifiesto ególatra de mi parte, sino que busca impactarte con un golpe que sepa a todo lo contrario. Por cierto, nos considero diferentemente iguales; quiero decir que no temas, que me quiero pero que no busco enamorarme de mí mismo o tocar lo que considero un reflejo de mi persona. No.
   Culminando, con todo eso que nos pasa y pasó, puedo decir que la comunicación y, sobre todo, el diálogo ya es un acto lascivo más que no tiene nada que envidiarle al pene y la vagina en su más lúbrica interacción. Mucho más cuando se da en comunión con un interlocutor ávido de elocuencia y sagaz en la intención a corto plazo; ya que el diálogo llevado a cabo de este modo -figurativamente hablando- cuasi lascivo da lugar a la simbiosis, la cual hace a nuestra afamada sinergia y, por ende, ésta puede conducir al éxtasis mutuo. ¿Por qué no podemos jactarnos de tan acicalado momento, juntos, al menos por una única ocasión? Dime por qué... 
   Si tan solo pudiéramos escuchar blues dentro de unos pocos días, y el sonido del motor de esa motocicleta sonar una y otra vez, tomando vino y pidiéndote de callarnos. Y sabiendo al mismo tiempo que lo logramos, que somos un reino. Pero sobre todo, que estamos a salvo.-

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