martes, 26 de noviembre de 2013

Breve diálogo de una utopía embestida


Hecho que radica en el encuentro entre dos puntos separados (sólo geográficamente) por caprichoso afán del destino. Dos puntos, dos mitades de un entero, de un único, complementario, inaudito y no menos que genial affaire.


Situación:


Ella, una joven agraciada y singular en todo sentido, que atraviesa la veintena de años, natural del interior, más precisamente de la provincia más populosa de la Región de Cuyo. Luego de guardar contacto por años con un joven oriundo de Buenos Aires, decide bajo sugerencia de éste y, a su vez, por deseo propio (mimetizado con el mote de “cautivo” e indirecto -gráficamente hablando- durante mucho tiempo) conocerle en persona.
Él, enamorado de la personalidad de ella, la espera en un bar de la metrópolis un sábado en el meollo de una tarde nublada, tan templada como húmeda. Está nervioso. Auspicioso por doquier. Enciende un cigarro luego de terminar el café que pidió para avivarse.
El escenario notifica tan poco como la diversidad de los rumbos de los vientos que amenazan con dar lugar a una posible morruda lluvia apenas fuera del punto de encuentro. En simultáneo a esto, ella yace en la metrópolis. Baja del taxi que tomó desde el aeropuerto y se encamina con un paso algo ramplón y levemente apresurado. Con ansiedad sólo aplacada entre el espacio que se hace lugar desde las entrañas hacia la dermis, que va segura en complicidad con la frialdad de su temple y perspectiva existencial. Acomoda bruscamente su cartera y comienza a atisbar sacarse las anticuadas gafas de sol, ésas que denotan su estilo desde lo más superfluo. Ingresa al bar en donde su amigo la espera hace poco más de media hora; bueno, en realidad la esperó durante algunos años…
Él, anonadado, ve a la hasta entonces “Dama de las Fotos” acercarse con una seguridad y elegancia típicas de la mujer propiamente dicha. Levanta ténuemente el entrecejo, emanando cierta jactancia encubridora; la misma que le falta y faltará sólo con ella en contextos de este linaje. La mira con una mueca tibiamente alegre, plasmada en el rostro apoyado entre los dedos índice y pulgar de su mano derecha, la cual hace lo propio en el brazo al que pertenece, el cual está elegante y estratégicamente posado sobre la mesa. No habla. Mira por pura inercia hacia abajo, sonriendo pícaramente sin intenciones lúgubres. Vuelve a levantar la mirada, y le abre a la chica una servilleta de papel, la cual dice: “Hola”.
Ella apenas sonríe cómplice.


-Ella: Hola, David… ¿Gringo acaso? Hola.




Él nunca temió ser tan grácil, y contesto con la que cree mejor de sus voces…



-Él: ¿Cómo estás, Cata… lina? (Risas).


-Ella: Rara, no hace falta aclarar por qué (sonríe).


-Él: Y más aún cuando hasta las utopías dejan de ser tales.


-Ella: Traje la vieja causa, después la fumamos (risas).



Pasa la charla entre ambos, cual deben de pasar las cosas que deben de pasar…



-Él: Che, lamento interrumpir la jarana pero… ¿me das otro beso?


-Ella: ¿Ah? ¡Uy! ¡Ja! ¿Cómo? Si ahora que recuerdo no nos saludamos ni con un beso en la mejilla. De hecho, pido disculpas por semejante falta de educación. Como sea, no entiendo…


-Él: Sí, otro. Porque ya me diste uno, mejor dicho, ya nos lo hemos dado cuando nos vimos, y hasta cuando nos mirábamos estando solos en nuestras moradas…


-Ella: Creo que estás en lo cierto… (Sonríe).

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